La vida es ir todos los días a la oficina en el metro, con manchas de tristeza en las solapas del corazón, y encontrarte cada día frente a las escaleras ese cartel con un pijo sonriente de expresión idiota junto a un texto que dice: “Sí, yo también soy donante de semen” mientras por dentro intentas contener los andamios de un alma en ruinas que pugna por derrumbarse a cada momento.

La vida es esa sucesión de gente estúpida y lugares comunes que circundan siempre lo importante mientras te van alejando poco a poco de la esencia de las cosas, los ideales, las personas; las pocas luchas realmente importantes o dignas de ser emprendidas.

La circuncisión espiritual son los otros.

La vida es ese tipo hundido en las profundidades de su propio infierno, con un traje sucio y aspecto de ejecutivo derrotado, sentado en la acera, con un cartel a sus pies que hace patente la cruda desesperación de los nuevos tiempos: “No quiero perder también la habitación”.

La vida es esa vana perseverancia en ir todos los días en busca de algo para nunca encontrarnos a nosotros mismos.

Pero tal vez la vida sea todo eso y no sea nada al mismo tiempo. Vivir es ese estúpido impulso de seguir sorteando la pétrea consistencia del ocaso que está por venir. Que le jodan a la poesía. Que le jodan al recuerdo. Que le jodan al amor: no es más que un mentiroso maquillaje del sexo.

Y así seguirán las cosas durante mucho tiempo, para bien o para mal.

Languideciendo.

Otra deleznable entrada de V de Panceta