Planto un pino

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Voy al aseo.
Entro en el retrete.
Cierro.
Planto un pino.
Tupido.
De oscuras raíces alargadas,
profundas, pestilentes.
Hediondo sustrato.
Ser putrefacto.
Prueba cotidiana de muerte
gestada interiormente.

Después salgo.
Me lavo las manos
cuidadosamente.
Me gustan las cosas bien hechas.
De pronto entra otro tipo.
Un “hola” azorado, esquivo.
Ahora entiendo su incomodidad.
Duda un instante.
Luego entra en el retrete.
En el mío:
me sonrío.
No puedo explicar el por qué de esta sensación.
Cierta complacencia.
Satisfacción.
La trascendencia de la propia inmundicia.
Lo peor de uno mismo,
entregado al mundo.
Expuesto
ante el mecanismo olfativo
de un pobre incauto.

«Ala, ya ha estado aquí mi nieto el Poyatos, no gano para amoniaco Bosque verde»

El regocijo por nuestra propia fealdad interior
impuesta
sin motivo.
La eventualidad del perjuicio
gratuito.

¿Es inmoral sentirse bien
ante la molestia casual infligida?
Probablemente.
No somos maravillosos.
Coexistimos con lo bueno
y lo malo
fungido.

Mejor enfrentar la verdad.
Al menos, en lo sencillo.

Otra deleznable entrada de V de Panceta

2 Comments

  1. No se bien como comentarlo, calculo que depende de la sensibilidad de cada uno – la imagen de la abuela me llego profundo. saludos alan aurich

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