Fin de todas las partes

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Ocho de la mañana. Jornada laboral. Frío. Sibilina lapidación mental: piedra a piedra, hasta que perdemos el sentido. Hostia a hostia. Grado de contundencia variable. Vacuidad. Celulitis en las circunvoluciones huecas de mi alma. “A quien madruga, Dios le encula”. Disculpad la blasfemia; expreso sentimientos. Salgo de casa con resaca, como casi siempre. Me cuesta respetar la castrante semana laboral y el organigrama inmutable de salir a tomar algo en los días tasados que nuestra férrea sociedad dispone para ello. El rebaño me indispone: hiede a cagarruta de oveja. A exterminio del libre albedrío. A estupidez conjunta y unidireccional. Así las cosas, me sigo arrastrando hacia el fin de la madrugada.

Pasa una anciana. Del extremo de la correa, lleva asido un pubis. Porque esa criatura del averno que va dando pequeños saltitos es un pubis. Uno jamás depilado. Al menos, eso quiero creer. Desde luego, tiene más cosas en común con un pubis boscoso que con un can. Ese pequeño diablo es un jodido felpudo saltarín, tan feliz él de ir asociado a su septuagenaria, maquillada hasta el paroxismo, cuan prostituta portuaria ajada tras décadas a la intemperie.

vieja con perro en los brazos

Ayuda para aguantar más follando

Sigo andando. Entonces lo veo. Esto pasa. De vez en cuando. Un gato cadáver. Asesinado junto a la acera. Yace yermo como una especie de gran filete peludo silente, inerte sobre la calzada. Está retorcido en un escorzo aparatoso. Antinatural. Me da lástima. Una lástima enorme. Es curioso cómo los animales suelen tener bastante más capacidad de conmoverme que las personas. Supongo que el hecho de que los animales no hablen ya me predispone a sentir aprecio por ellos. No se pasan el día mintiendo. Chantajeando emocionalmente. Haciéndote sentir culpable. Traficando con sentimientos. Son honestos respecto a lo que esperan de ti. Te examinan y después deciden si tenerte en cuenta o seguir su camino. Te ignoran, en realidad. Cuánta sabiduría. Cuánto por aprender del reino animal. Por eso me jode ver ahí al gato sacrificado. Tantas gatitas a las que rondar. Tantas noches estrelladas en las que perderse por los tejados. O como dice el profesor Billy West en un capítulo de Futurama: “Tantos amantes a los que amar, tantos inventos que inventar…”. Pero se muere uno en un trámite sin sentido y ahí acaba todo: fin de la primera parte.

gato pidiendo droga

“No me mate señor Pelagatos, quiero follar más y cagar y enterrarlo y ser arisco y maullar a las nenas y sacarme teleco, jo”

Al carajo. No somos distintos de ese gato atropellado. Tal vez incluso seamos peores, porque gozamos de más oportunidades que él en todo y estamos cagándola constantemente. Él vive más acorde a sus posibilidades, exprime su existencia. Jode. Come. Caga. Duerme. Muere bajo las ruedas. “Bajo las ruedas”. Como el libro de Herman Hesse. Ese libro plantea un símil con este gato muerto. En él, Hesse habla de un adolescente atropellado por la vida. Es lo que hay. Mordamos las cadenas. Sigamos aguantando un poquito más en esta cárcel con las puertas abiertas que es la vida. Para lo otro siempre hay tiempo. Toda la eternidad. Observo el cadáver con más atención. El gato tiene la lengua fuera y los ojos se le han salido de las cuencas. Cojones. Soy un enfermo morboso. Dejo de mirar. Me largo.

Cuando vuelvo por la tarde, el gato sigue allí. De igual modo, le observo al pasar y de nuevo me conmuevo. Los ojos parecen más ajados. Como si hubieran perdido parte de la humedad del vitriolo acuoso. “Puta muerte irreverente”, pienso. El resto del día transcurre con las gilipolleces insulsas, el tedio y las tribulaciones de siempre. La conciencia de la propia mortalidad está bien, pero de todo se cansa uno. “No todo va a ser follar”, como dice el maestro Krahe. La trascendentalidad es para los monjes o los locos: no entiendo el modo de vida de unos; aún me escindo de los otros. Por poco. Llega la noche. Me fundo con la luna. Sacudo la nutria sin fe antes de acostarme; para coger el sueño. De nuevo, el devenir vano de las horas pre-muertas.

basureros echando un jornal

“Killo que nos han llamado que hay un gato muerto pa recoger”, “Me acaban de llamar que mis padres se han matado, Manuel”, “Vuelcate en el trabajo es lo mejor”

Llega la mañana siguiente. No quiero pensarlo, pero lo pienso. Es lo primero que me pasa por la mente. ¿Estará el gato sacrificado en la calzada como recordatorio constante de nuestra propia vulnerabilidad inherente? Al pasar alzo la vista. Sí. Ahí sigue. Manda cojones. ¿Para qué existen los servicios de limpieza de las calles? ¿A dónde coño van nuestros impuestos municipales? ¿A qué huelen las nubes? Esto parece aquel estúpido anuncio de compresas. Vivan los densos grumos coagulados que nos hace absorber la vida. Que nos hace tragar. Porque la vida es una sucesión de tragos, de entre los cuales, la muerte es el último. Así pues, ¡brindemos, amigos! Hace acto de presencia la sensación de vacío. De nuevo siento desconsuelo por el alma malograda del gato. Ahí están todas las personas con sus funerales, sepelios, sepulcros, fastos y oraciones. Siempre tan preocupados ellos por salvaguardar sus almas en la vida ultraterrena. Pero resulta que me conmueven menos. No digo que no me conmuevan, pero es otra la sensación. Porque ellos tienen ciertas mentiras para consolarse. Tienen a sus seres queridos junto a ellos. El que tiene conciencia de la propia mortalidad puede engañarse a sí mismo. Aún le queda una posibilidad. Pero, ¿qué le queda a ese gato cercenado de raíz de este matojo maltrecho que es la vida? Deberíamos preocuparnos más de quien menos asideros posee en el último viaje, el que no tiene retorno. Y eso es lo que pasa por mi cabeza cuando vuelvo a ver el segundo día a ese gato olvidado. Ese bodegón triste de la muerte cotidiana. Sugiere desamparo. Sugiere una soledad inmensa. Vaya puta mierda. Sigo caminando. No sé qué más puedo hacer.

mama mama los gatos

“Mama, mama ¿los gatitos van al cielo?”, “Espero que no Josue, ¡¡Qué soy alérgica a esos bichos de mierda!!”, “Buaaaaa”

Continuo trazando obstinadamente, una y otra vez, el círculo de los biorritmos inacabables, como un hamster que corre en su rueda, interminablemente preso de la jaula a la que se circunscribe su pequeño mundo y a la noche paso por el mismo sitio. Comienzo a perder la paciencia. Me digo, “espero que lo hayan recogido esos cabrones”. Os podéis imaginar lo que me encuentro: sigue ahí. Nuestro pequeño amigo marginado del mundo de los vivos. Pasa una chica con un perro. El perro husmea el cuerpo. Se acerca. Lo huele como quien huele un arbusto. Después se aleja despreocupado. Jodida banalización del acto último en la tragicomedia de la existencia. El perro no tiene la culpa. El problema somos los humanos. Sojuzgamos un mundo al que no somos capaces de tiranizar dignamente. Intento calmarme. En ocasiones me sobreviene la ira. Especialmente cuando hallo injusticia donde debiera haber misericordia. Cuento hasta diez. Hago mis respiraciones. No quiero parir odio; animadversión hacia esta totalidad yerma que transmite una gran nada. Me marcho: fin de la segunda parte.

A la mañana siguiente ya salgo de casa haciendo mis respiraciones. Cuento hasta cien. Me pellizco los pezones. Aprieto las nalgas. Tensión contenida. Huracanes que restallan, a punto de emerger. Torrentes crecidos que pronto reventarán los diques levantados por el autoengaño. Por favor, que no siga el gato allí, descomponiéndose ante la indiferencia del mundo. Cuando llego a la zona en la que ayer descansaba su triste carcasa pretérita, veo que sigue allí. Pienso en poner quejas al servicio de limpieza del ayuntamiento. Pienso en agarrar al gato muerto por el rabo y sacudir al primer barrendero que pille con él en la cabeza. Pienso en iniciar revoluciones. Fuego en las calles y soflamas incendiarias en las mentes. Abajo con las estructuras políticas y sociales caducas que no representan la voluntad de la gente. Luego me tranquilizo y olvido. Sigo caminando. No sé qué más puedo hacer.

basureros echando un jornal

“¿Tío vamos a recoger el gato hoy ya no?”, “Me acaban de llamar y Dani Jarque a muerto, Manuel”, “Vuelcate en el trabajo es lo mejor”

Paso por el mismo sitio de vuelta, ya sin esperanzas, escéptico ante todo lo que hiede en esta pútrida cloaca a la que llamamos ciudad. Ahí sigue. Parece como si, cada día que pasa, fuera menguando. Desapareciendo poco a poco en un trámite irreal. Se acerca lenta pero implacablemente a la nada hacia la que todos nos dirigimos. Tal vez sea obra de las hormigas, insectos, bacterias o lo que cojones sea que se come a la materia orgánica en descomposición. Contemplo la posibilidad de coger al gato por el rabo y echarlo en un contenedor. Me acerco un poco. Dudo. Finalmente me marcho.

Amanece incansablemente y de nuevo ocupo mi puesto de gilipollas al servicio del estado. Prisionero de los relojes; de los calendarios. Repito itinerario. Al final Parménides estaba en lo cierto: nada cambia, todo permanece inmutable. El gato sigue allí. Comienzo a insensibilizarme ante la tragedia cotidiana, mil veces repetida. Siempre ando escupiendo. Manías que uno tiene. Pienso en escupir al gato. Despreocupadamente. Como para restarle importancia. Para fingir que no está ahí. Es lo que tiene que las cosas malas pasen y se mantengan a lo largo el tiempo. Si no puedes enfrentarlas porque se vuelven demasiado grandes para ser abordadas, acabas aprendiendo a familiarizarte con la fatalidad. Te vuelves indiferente. Eso es lo que pasa todos los días con los reportajes de la tele. Millones de niños palmando de malaria en África, algo que podría evitarse con la simple instalación de mosquiteras. Manda cojones. Lo dijo Lenin. “La muerte de uno es una tragedia. La muerte de un millón es sólo una estadística”. Finalmente, por supuesto, no escupo al pobre animal. Sólo son reflexiones morales inconexas. Sigo caminando. No sé qué más puedo hacer.

ciego ke huele peste

“¡¡Qué mal huele esta calle desde hace unos días repampanos!!”, “¡¡Qué llevo el cuponasooo pa’ hoy, y no se me ha ocurrio comprar unooo!!”

Por la noche regreso determinado a coger al gato medio descompuesto como pueda y echarlo al contenedor. Es todo lo que puedo hacer. No aguanto más este circo. La alternativa es mirar a otro lado. Ser como esos tres monos de la mística china; no ver, no oír, callar. Espero que no tuviera sarna o la rabia o algo infeccioso cuando fue atropellado. De todos modos, lo voy a hacer. Cuando llego a la zona donde está el gato, su cuerpo ya no está allí. Parece que los servicios de limpieza, a veces, hacen su trabajo. Pero eso no me proporciona consuelo. Por el contrario, me invade una profunda sensación de vacío, de imposibilidad infinita; de desamparo. Es como si de algún modo añorara a mi triste amigo. Su espíritu sacrificado en vano me había acompañado estos días. Después, a los que tenemos capacidad de recuerdo, sólo nos queda el olvido. Al menos ahora sus restos podrán hallar un final más digno. No tengo nada más que decir sobre las vidas perdidas: fin de todas las partes.

Otra deleznable entrada de V de Panceta

10 Comments

  1. Me he quedado en "El rebaño me indispone: hiede a cagarruta de oveja." Lo siento.

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